Publicada: jueves, 27 de febrero de 2025 13:38

El segundo mandato de Donald Trump está consolidando un consenso que, hasta hace pocos años, parecía impensable: el poder de EE.UU. está en repliegue constante, dejando vacíos estratégicos que otros actores globales no tardan en ocupar.

Por Xavier Villar

Esta pérdida de influencia no es solo una percepción externa alimentada por potencias rivales. Dentro de Occidente, y en particular en Europa, las élites políticas han empezado a ver a Washington no como un aliado inquebrantable, sino como un factor de inestabilidad e incluso una amenaza para sus propios intereses.

El conflicto en Ucrania es, para muchos analistas europeos, una prueba de esta nueva realidad. Hace una o dos décadas, la guerra iniciada por Rusia habría sido impensable. Entonces, el poder estadounidense era tan abrumador que rara vez necesitaba ejercerse de manera directa: su prestigio y capacidad de intimidación bastaban para disuadir cualquier desafío serio al orden global.

Bruno Maçes, exsecretario de Estado para Asuntos Europeos de Portugal, recuerda que en 2008 la mera insinuación —ambigua, pero latente— de que Washington podría intervenir para frenar la invasión rusa de Georgia fue suficiente para que Vladímir Putin detuviera su avance antes de alcanzar la capital, Tiflis. Hoy, ese equilibrio ha cambiado de forma drástica.

No se trata tanto de debatir si el análisis de Maçes sobre Georgia es correcto, sino de constatar cómo, incluso desde posiciones liberales en Europa, la pérdida de poder de Estados Unidos ya no es una hipótesis, sino un hecho asumido.

En medios como el Financial Times, el término que mejor define esta retirada es “humillante”. Desde su perspectiva, los últimos acontecimientos han permitido al Kremlin demostrar que Washington ha perdido la capacidad de frenar movimientos estratégicos clave, incluso cuando tiene pleno conocimiento de ellos.

Mientras la Casa Blanca insiste en que no busca escalar el conflicto, Rusia ha reclutado a 16 000 combatientes extranjeros procedentes de Siria y ha bombardeado una base en la frontera con Polonia utilizada por asesores militares occidentales. Desde Moscú, estos movimientos se interpretan como una prueba de la impotencia estadounidense para alterar el curso de los acontecimientos, reforzando la idea de un liderazgo global en declive.

Gideon Rachman, principal columnista de asuntos exteriores del Financial Times, lo resume con crudeza: “Estados Unidos ya no puede considerarse un aliado confiable para los europeos. Pero las ambiciones políticas de la administración Trump para Europa significan que, por ahora, EE.UU. también es un adversario, amenazando la democracia en Europa e incluso su territorio, como en el caso de Groenlandia”. Una declaración que, hace apenas unos años, habría sido inconcebible.

Las repetidas amenazas de Donald Trump de imponer aranceles a sus aliados más cercanos, ya sea para forzar concesiones en otros asuntos o simplemente como represalia por sus superávits comerciales con Estados Unidos, difícilmente pueden considerarse un gesto de amistad. Así lo advierten destacados representantes del liberalismo europeo, que ven en estas presiones un síntoma más del deterioro en la relación transatlántica.

Pero las tensiones comerciales son solo una parte del problema. Trump, Elon Musk, J.D. Vance y el resto del equipo MAGA han pasado de la retórica a los hechos y apoyan abiertamente a fuerzas antiliberales en Europa. Su objetivo no es otro que forzar un cambio de régimen de gran alcance en el continente, aunque sin recurrir a la intervención militar. Las señales son inconfundibles: Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, es un invitado recurrente en Mar-a-Lago. Vance, por su parte, optó por reunirse en Múnich con Alice Weidel, copresidenta del partido ultraderechista Alternativa para Alemania, mientras evitaba cualquier encuentro con el canciller Olaf Scholz. Su afirmación de que el mayor desafío para Europa es “la amenaza interna” fue un mensaje directo y sin disimulo contra el orden político del continente.

Ante este escenario, los analistas europeos advierten que el conflicto entre Europa y Estados Unidos ya no es una cuestión ideológica, sino estratégica. La conclusión es clara: Europa debe prepararse para el momento en que la garantía de seguridad estadounidense desaparezca por completo. Esto implica no solo reforzar la industria de defensa europea, sino también aceptar una fractura cada vez más profunda con Washington.

“El vínculo transatlántico se está desmoronando”, sentenció recientemente Anders Fogh Rasmussen, ex secretario general de la OTAN. Y las consecuencias de esa fractura ya son visibles dentro de la propia Unión Europea. Mientras países como Francia, Alemania y España buscan articular una respuesta común desde Bruselas, otros Estados miembros, como Italia y Hungría, se alinean cada vez más con la visión impulsada por Trump y su administración.

El debate ya no es solo político, sino de seguridad. El próximo canciller alemán, Friedrich Merz, fue tajante al respecto en una reciente entrevista: “Alemania debe replantear por completo sus acuerdos de defensa y poner fin a décadas de dependencia de Washington”. Un mensaje que, en otros tiempos, habría sido impensable en el corazón de Europa.

Todos estos análisis apuntan a una conclusión difícil de ignorar: la influencia de Estados Unidos, tanto militar como política, se está desmoronando. Lo que antes se sostenía mediante una combinación de prestigio y disuasión hoy se ve cuestionado, no solo por potencias rivales, sino también por antiguos aliados que, al percibir la creciente irrelevancia de Washington en la escena global, empiezan a buscar alternativas.

Una de estas alternativas es China. En un claro indicio de un posible deshielo entre la UE y Pekín, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, instó este mes a un nuevo esfuerzo para mejorar las relaciones entre Bruselas y Pekín.

Aunque los 27 Estados miembros de la UE no tienen una posición unificada respecto a China, la relación con Pekín ha estado marcada por tensiones comerciales y por el apoyo de China a Rusia en su guerra contra Ucrania. Sin embargo, durante el primer mandato de Trump e incluso con Joe Biden en la Casa Blanca, la presión estadounidense sobre Europa para adoptar una postura más belicista hacia China fue constante, exacerbando las divisiones internas de la UE. En 2019, el bloque calificó a China de “rival sistémico”, alineándose con una narrativa que no todos los países europeos compartían.

Lo que está claro es que, en un contexto donde Estados Unidos ya no tiene la capacidad ni la voluntad de imponer su relato político global, las grietas en la relación transatlántica se hacen más visibles. La UE, al sentirse cada vez más desconectada de los intereses y enfoques de Washington, empieza a reconsiderar sus alianzas.